—Ahora se probará. Yo he llamado á usted contra el deseo de mi familia y de la misma Gloria. Separándome de su opinión en materia tan delicada, creo que esto puede arreglarse. Hablando se entienden las personas. Me he propuesto que este grave mal se repare, y... qué sé yo... se me figura que lo conseguiré, si hallo en el autor de nuestra deshonra las ideas elevadas, la dignidad y el sentimiento del honor que supongo siempre en todo caballero bien educado, cualesquiera que sean sus creencias. He tomado informes en Madrid, y por personas de su raza de usted, á quienes estimo mucho, he sabido que no tendré que habérmelas con un calavera, ni con un hombre corrompido y sin conciencia, insensible á los estímulos del honor.
—¡No soy un malvado para usted!...—dijo el hebreo con expresión de gratitud.—Mayor consuelo no podía yo recibir después de tantos ultrajes... ¡No soy para usted un apestado, un réprobo, un pária, un hombre ignominioso colocado fuera de todas las leyes!... ¡No inspiro horror, no huye usted de mí, no se cree condenado por darme la mano!...
—Mi opinión sobre usted no es definitiva—indicó D. Buenaventura gravemente.—Dependerá de la conducta de usted y de la facilidad con que se preste á una inteligencia conmigo.
—La tolerancia que hallo en usted—repuso Daniel,—me da mucha esperanza, predisponiéndome á los mayores sacrificios.
—¡Sacrificios!... esa, esa es la palabra—dijo Lantigua con gozo y energía.—De eso es de lo que se trata. Aquí, señor mío, nos hallamos en presencia de un problema terrible, la religión; la religión que en diversidad de aspectos gobierna al mundo, á las naciones, á las familias. De ella no podemos prescindir para nada. Casi siempre es consuelo, estímulo y fuerza que impulsa; ahora se nos ha puesto en frente con amenazadora gravedad, y es para usted y para nosotros obstáculo implacable, desunión, discordia, una montaña que se nos cae encima.
Don Buenaventura dió un suspiro. Daniel Morton suspiró también.
—Pero quizás estamos dando á esta dificultad importancia mayor de la que realmente tiene—añadió el caballero español, no sabiendo cómo abordar la cuestión.—Para toda persona que se estima y que sabe dar á los deberes sociales su valor propio, hay leyes categóricas que no admiten distingos, ni sutilezas, ni interpretaciones; hablo de las leyes del honor.
—Las leyes del verdadero honor—dijo Morton gravemente,—son las leyes morales, fundadas en la religión ó en la filosofía. Fuera de esto, todo es convencional y falso.
Por un momento estuvo suspenso D. Buenaventura, pero no tardó en dominar sus ideas y repuso: