—En rigor eso es verdad. Pero dejémonos de generalidades. Usted tiene el deber ineludible de reparar la injuria que ha hecho á mi sobrina. Para esto es necesario un sacrificio. ¿Qué importa? El honor lo exige, lo exige esa ley que rige todas nuestras acciones, ley que viene no sé yo de dónde, pero que es ley, ley. Religión sin teología, por lo cual no hay en ella cismas ni heterodoxias. Su única herejía es la falta de valor... Aquí se nos presenta una virtuosa y angelical muchacha deshonrada, una víctima preciosa é inocente, y esa víctima exige de usted un gran sacrificio.
—¡El sacrificio de la religión!
—Justo.
—¿En nombre del honor?
—Justo.
—Eso quiere decir que antes que la religión es el honor. ¿Y si yo dijera que la mayor deshonra consiste en la abjuración de la fe en que se ha nacido?
—Eso depende de los motivos por que se haga. En un caso como este no.
—¿Me permitirá usted que ponga un ejemplo y le interrogue?
—Con el mayor gusto—dijo Lantigua orgullosamente, creyéndose más fuerte que su contrario.
—Pues bien, supongamos que usted va á Hamburgo, á Amsterdan, á Londres...