—Ya, ya veo su intención. Supongamos que amo á una joven israelita, que... Vamos, que se repite este caso con los términos invertidos.

—¿Se apresuraría usted á hacer la reparación debida, sacrificando su religión?

—Según fuera la joven.

—Como Gloria, lo mismo que Gloria. Se supone que usted la amaría con pasión irresistible.

—Hombre, eso de hacerse judío es demasiado fuerte. Comprendo que se abrace el protestantismo, cualquier cosa... Pero, en fin, concedida la pasión, las circunstancias terribles de este caso... sí... aseguro á usted que me haría judío.

—Señor de Lantigua—dijo Morton con entereza y dignidad.—Usted no tiene religión: usted no es católico.

Asombrado y balbuciente se quedó el español; mas repuesto pronto de su confusión, habló así:

—Soy católico sincero, por educación, por convicción, por el ejemplo santo de mis virtuosos hermanos, porque creo que el catolicismo es la religión más perfecta, porque si algún momento flaquease mi razón, vendría á fortalecerme el recuerdo de mi amorosa madre, y con recordarla sólo, la fe que en ella hizo prodigios de virtud, á mí me daría también fuerzas y consuelo; soy católico, porque veo en Jesucristo, Hijo de Dios, el más admirable ejemplo de perfección moral que puede ofrecerse al hombre, porque creo firmemente en el perdón de los pecados y en la vida eterna.

—Nada de eso prueba una fe muy ardiente. Acepta usted lo que más le acomoda y lo demás lo rechaza. Pero aun con fe tan tibia no le creo á usted capáz de hacerse judío por amor, por el cariño de una mujer, por cosas de un día.