Gloria se ocupó en trazar en los cuatro costados del enrejado unos picos á manera de fleco. Después apartó de su complicada obra geométrica los ojos y fijándolos en su padre, dijo:
—Bien, papá, yo haré siempre lo que usted me mande.
—Si yo no te mando nada—declaró Lantigua con viveza.—Veo que no estás dispuesta á dar una contestación terminante y categórica. Eso es prueba de sensatéz. Estas cosas deben pensarse...
—¡Eso es; pensarse!—exclamó Gloria asiéndose á la idea del pensar, como el náufrago á una tabla.
—Bien—dijo D. Juan levantándose.—Tómate todo el tiempo que quieras, y piensa, hija mía. Tienes entendimiento, corazón, piedad y fe cristiana suficientes para encontrar la mejor solución. ¿Quedamos en eso?
—Quedamos.
—Pero desearía que tu contestación no se retardase mucho.
—Contestaré pronto—afirmó Gloria.
—Te doy tres días; vamos, cuatro. Eso me prueba, como he dicho antes, que no ha habido noviazgo. ¿Rafael te ha hablado de esto?