—Un poco... pero así como broma. Yo siempre lo tomé como broma...
—Ya ves que es muy serio. Con que, hijita, prepárate á responderme. Medítalo bien. Ni tu consentimiento ni tu negativa disminuirán el cariño que tu padre te tiene... Vaya, adiós. Me voy á trabajar. Te encargo que cuides de que no me hagan ruído.
—Descuide usted, papá.
Don Juan de Lantigua se metió en su cuarto, y como el buzo se arroja al mar, él sumergióse en el océano de sus libros. Hasta la hora de comer, nadie tendría noticia de su existencia.
XII
El otro.
Lo propuesto por D. Juan dejó á Gloria en la mayor confusión. Aquel asunto realmente grave no podía presentarse á su espíritu sin ocuparlo al punto vivamente, y durante largo rato su meditación fué tan profunda, que el tiempo transcurría sin que ella lo advirtiese. Al fin, dando un suspiro, y alzando la cabeza, como que volvió en su acuerdo, advirtiendo gran soledad en el jardín, bastante caldeado por el sol que á mucha altura estaba ya. Cerradas todas las persianas de la casa, ningún ruído venía de ella; hasta los pájaros se habían callado, y sólo dos ó tres cuchicheaban algún secreto ó refunfuñaban alguna disputa en las últimas ramas de los plátanos. Gloria se levantó, pues el ardiente vibrar de sus nervios la impulsaba á pensar marchando.
Complacida del silencio y soledad en que estaba, dejóse ir hacia un escondido y ameno bosquecillo. Al ver el apresuramiento de su marcha y el afán con que, marchando hacia el obscuro sitio, miró á sus espesuras, cualquiera habría creído que alguna persona la aguardaba allí; pero no había nadie. El bosquecillo estaba enteramente solo. Después acercóse á la verja, y por entre los huecos que dejaba á trechos el follaje de la madreselva, miró hacia el camino con los ojos fijos y el semblante pálido: sus grandes pestañas aleteaban como mariposas negras jugando en la luz. ¡Ah! Cualquiera que en tal actitud la hubiese visto y observase con cuánto interés exploraban sus ojos el camino, ya en dirección á la playa, ya en dirección á las montañas, habría creído que esperaba á una persona. Sin embargo, podemos jurarlo y lo juramos: por allí no pasó jamás nadie que interesase á su corazón.
Luégo subió á su cuarto y se puso á trabajar en una obra de aguja. Seguía meditando; pero los sonidos más insignificantes la hacían volver súbitamente la cabeza. A veces el caer de una hoja, las pisadas del jardinero sobre la arena, el ruído de las huecas regaderas de latón al ser puestas vacías en el suelo, el surtidor que caía en la pila llena de agua con pececillos encarnados, el arrullo de las palomas en lo alto del granero de la casa vieja, el silbar lejano de un vapor zarpando de la ría impresionaban su oído tan enérgicamente, cual si voces amadas la llamaran y la nombraran en distintos puntos del espacio infinito. Y, no obstante, será preciso repetirlo, nadie la llamaba desde el jardín ni desde los altos aires vacíos, ni desde los mares profundos, como no fuera una voz sólo por ella oída. Su corazón latía con fuerza y vivo compás. Sobre él se sentían pasos.