—Dios nos somete á durísimas y terribles pruebas. Los católicos tibios que piensan poco en Dios, los ateos que le niegan y los racionalistas cristianos que le han despojado de sus maravillosos atributos personales, no comprenderán esto y reirán con impía necedad de las pruebas á que me refiero. Yo no soy así. Creo en las pruebas como en los castigos. Mi insensato y desvariado amor es una de aquéllas. He caído, he caído con pecado nefando y he sentido las más terribles y congojosas dudas que pueden imaginarse. ¿Qué debo hacer? ¿En qué grado deben interesarme respectivamente mis deberes sociales y mis deberes religiosos? Aquí tiene usted la gran duda que me ha traído á la mayor desesperación, y á desear ardientemente la muerte, la madre muerte, que todo lo resuelve.

—Yo no le he llamado á usted ni usted ha venido tampoco para entregarse á una desesperación inútil. Es preciso ser razonable, abordar esta cuestión terrible que se nos ofrece en presencia de mi sobrina, inocente y buena y hermosa; de mi hija, debo decir, pues por tal la tengo.

—Es verdad. Yo he venido deseoso de abordar la cuestión y de resolverla.

—¿Cómo? Después de lo que acabo de oir—dijo D. Buenaventura con acento de indignación,—parece que, según usted, el horrendo sacrificio debe hacerlo ella.

—No, no; comprendo que eso no puede ser... Hay otro medio.

—No alcanzo ninguno.

—Si yo no creyera que hay otro medio, no hubiera venido, me habría quedado en Londres.

—Es verdad.

—Sólo el acudir puntual á su llamamiento, indica que mi deseo es...