—Conciliar... bien.

—Pero esta conciliación no puede celebrarse sino entre ella y yo, entre su conciencia y la mía.

—Es necesario—dijo Lantigua con interés.—Es necesario que usted la vea. Ella le recibirá á usted. Ya se lo he dicho y tendrá que obedecerme.

—El problema es difícil; pero quién sabe... Creo que en la cuestión de fe no nos sería difícil llegar á una concordia provisionalmente aceptable... pero la cuestión de forma es la más terrible.

—Ahí, ahí está el quid. ¿Pero será imposible buscar una fórmula?

Don Buenaventura que en su vida política, no por cierto muy larga ni muy brillante, había descollado en el arte de buscar fórmulas, creía posible, en la ocasión que ahora relatamos, lucir nuevamente su ingenio. Pensando en esto, dijo para sí:

—No se presenta mal. ¡Algo duro está! Veremos; creo que repetidas conferencias entre los dos han de abrir algún camino... Todavía me queda un argumento muy fuerte, un argumento de corazón, de ternura, y ese lo dejo para cuando sea oportuno. Ahora no lo es.

—Nada podemos adelantar, mientras yo no la vea y hable con ella—dijo Morton con inquietud.

—La verá usted. Su repugnancia es mucha; pero yo la venceré. Tenemos dificultades por todas partes. No contábamos con el disgusto y la alarma que su presencia de usted produciría en este piadosísimo pueblo. Las ideas de mi familia tampoco nos son muy favorables. Mi hermana se empeña en dirigir la mente de Gloria al ascetismo, y esto no me gusta.