—¿Y el Sr. D. Angel?
—No está aquí. Menos temor me infundiría él que mi hermana... ¡Una fórmula! ¡Hallar una fórmula! ¿Pero esto es tan difícil?... Se me figura que entre los tres llegaríamos á una solución lisonjera, ó al menos admisible. Todo menos la deshonra de esa infelíz...
—Que yo la vea, que yo la vea es lo principal—dijo Morton con ardor.
—La verá usted...
—Que pueda yo además mostrarme libremente en el pueblo, y que cese el absurdo horror que inspiro; que pueda ir á todas partes; que mi nombre no sea una blasfemia...
—Cierto—dijo Lantigua hondamente preocupado.—Es preciso ante todo redimirle á usted de esta horrible abominación pública, indigna de la cultura moderna.
—Sí, sí.
—Y darle á usted alojamiento digno, decoroso, á la luz del día; que no viva oculto como los ladrones.
—Sí, sí, también eso.
El ilustre banquero miró fijamente al suelo, sosteniendo su barba con los dedos de la mano derecha.