—¡Ah!—exclamó de improviso, dándose una palmada en la frente.—Tengo una idea; una idea felicísima.

—¿Cuál?

—Permítame usted que no se la diga por ahora.

—Pero...

—Tendrá usted alojamiento decoroso, y se modificará ó se atenuará por lo menos el rigor de esa implacable opinión pública... Hoy mismo notará usted las consecuencias de mi idea.

—Deseo saberla.

—Confíe usted en mí—dijo el banquero levantándose.—Nos veremos luégo. Voy á ocuparme de usted.

No quiso dar más explicaciones el noble señor de Lantigua, y salió dejando al hebreo en confusión no menos grande que la que al principio de la conferencia tenía. Morton se asomó á la ventana y vió á Caifás enterrando otro muerto.

—Un enemigo menos en Ficóbriga, pensó.

En tanto Lantigua corría presuroso en busca del señor cura D. Silvestre Romero.