Y pensando luégo en Morton decía siempre:

—Se me figura que los mayores obstáculos no vendrán de parte de él. Su fanatismo más que de religión es de raza... Y si aún vacilara, tengo un argumento poderoso, que guardo para la ocasión crítica, un arma de sentimiento, de ternura, con la cual pienso herir en él la fibra más sensible...

Desde el Lunes Santo empezó á correr por Ficóbriga un rumor que en pocas horas dió la vuelta á todo el pueblo y penetró en todas las casas, como un aire fuerte y súbito que sorprende abiertas las puertas y hasta el más hondo rincón se introduce. El rumor era que el Sr. Morton había ido á Ficóbriga con el fin santo de abrazar el catolicismo. Divulgóse esa noticia, que era buena, con la rapidéz de las malas, haciendo efecto poderoso en pueblo tan crédulo como sencillo. No hubo una sola boca que de esto no se ocupase lunes y martes, y por doquiera oíanse exclamaciones de alegría y comentarios optimistas. Hubo quien asegurase haberlo oído de los labios del mismo cura ó de los no menos respetables de D. Juan Amarillo. Causaba igual pasmo la noticia de que el extranjero había sido alojado decorosamente en una de las buenas casas de Ficóbriga, y que se esperaba de un instante á otro al Sr. D. Angel de Lantigua para echarle los Evangelios.

No hay para qué decir que estos rumores llegaron á la casa de Lantigua, y hallando abierta la puerta, se metieron dentro y subieron y bajaron dando vueltas á toda la casa. Pero no entraron sólo por conducto de los criados, sino que el mismo cura, enunciando con su venerable boca, les dió autoridad. El martes por la tarde fué á la casa á ver á su querida penitente, y delante de ella y de doña Serafina habló de la estupenda noticia que por el pueblo corría. Apoyóle D. Buenaventura; mas las dos hembras no dijeron nada.

—Si es cierto—dijo Romero decidido á que la idea penetrase donde debía penetrar,—si es cierto, esta conversión será muy sonada. Aquí tenemos al jornalero de las viñas que ha venido tarde; pero que recibirá, según Jesucristo, la misma soldada que los que vinieron pronto. Grandísima gloria será esta conversión para nuestra humilde villa, y también para mí que tuve la dicha de sacar de las aguas...

Viendo que aparentemente no prestaban atención á sus palabras, volvióse á D. Buenaventura y prosiguió así:

—Yo le saqué de las aguas como se saca un pez; de modo que si yo no le hubiera pescado... Y aquí viene bien repetir lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo á los Apóstoles cuando recogían sus redes en las orillas del lago de Genesareth: «Seguidme y os haré pescadores de hombres.» Hé aquí que si al fin le bautizo yo, puedo decir con doble motivo que he pescado á un hombre.

Gloria, que leía los oficios del Martes Santo, miraba tan de cerca su libro, que parecía no poder hallarse en disposición de entender la lectura si no se metía las letras dentro de los ojos. Serafinita permaneció inmutable y silenciosa, como si su espíritu, su voluntad y sus creencias se hallaran en esfera superior á todos los miserables eventos de la tierra.

Cuando el cura salió, D. Buenaventura le dijo: