—Basta con que lo sepa... La idea ha de hacer efecto. No es cerebro de paja el suyo, y cuando una idea entra en él... ya, ya levantará buen remolino... ¡Ah! Sr. D. Silvestre... se me figura que hemos encontrado la fórmula, esa suspirada fórmula.


XIII
El secreto.

Por la tarde, miércoles, Serafinita acompañó á su sobrina á dar un paseo por el jardín. Departían sobre cosas triviales; pero la señorita hablaba tan poco, que á veces doña Serafina tenía que suspender su discurso y preguntarle dulcemente:

—¿En qué piensas?

—En nada—respondía Gloria.

—En mucho—afirmó la señora sonriendo.—No creas que te riño por eso. Bien sé que no es cosa fácil purificar completamente el pensamiento de ideas mundanas. Aún lucharás mucho, padecerás congojas, sufrirás terribles asaltos de la mala idea, batallarás horriblemente antes que tu pensamiento limpio y libre se pueda consagrar por entero á Dios... Para llegar á este lisonjero fin, hija mía, no hay mejor camino que el de la desgracia, y prueba evidente soy de ello... Pero has de poner algo de tu parte. Desáhuciale de una vez... Esta idea es dolorosísima, pero muy saludable. Piensa en el ejemplo del tratante en perlas, que presentó Nuestro Señor Jesucristo; y fué que viendo el mercader una perla más hermosa que todas, vendió las que tenía para comprarla. Del mismo modo tú, para comprar la perla del reino de los cielos, es fuerza que vendas todas, absolutamente todas las que posees.

—Menos una—dijo Gloria tímidamente.

—Dios no agradece los sacrificios de las cosas pequeñas, sino los de las grandes... ¿Qué le has ofrecido hasta ahora? Los placeres del mundo, las relaciones sociales, tu fama, tu reputación... Eso no vale nada: lo que El quiere es tu corazón. ¡Los corazones son las joyas con que se obsequia al Eterno Padre! Esos son los diamantes y las perlas de que está formado su trono... ¿Crees que basta el perdón de las injurias, la humildad y la conformidad en sufrir desaires y calumnias?