—Con todo mi corazón—repuso Gloria, volviendo del estupor que la noticia le produjera.—Y aunque cien veces me difamaran, cien veces las perdonaría.

—Así es como te quiero—dijo Serafinita con efusión de amor y de piedad, abrazando y besando á su sobrina.

No hablaron más de este tema. Ya cerca del anochecer vino Caifás á dar cuenta de la distribución de limosnas que solía hacer por encargo de doña Serafina y de Gloria. Esta, llevándole á su cuarto, le dió más dinero é instrucciones nuevas que no podemos conocer.

Por la noche, los tres Lantiguas hicieron la colación; rezó el rosario la señora acompañada de todos, y cuando llegó la hora de recogerse, dirigióse á su cuarto D. Buenaventura, mientras Serafinita acompañaba á Gloria al suyo, pues era costumbre hacerle compañía hasta que la dejaba acostada, cediendo ya á las dulces caricias del sueño.

—Buenas noches, niña mía—dijo la señora poniendo la mano sobre la frente de su sobrina.—Duerme en paz. ¿Quieres que te apague la luz?... Ya está apagada.

Dió un soplo para matar la luz, y tomando la suya, besó á Gloria con ternura y se fué. Por breve rato oyéronse sus pasos al bajar la escalera; pero al fin extinguióse el ruído y también la triste claridad que dejaba tras sí la vela con que se alumbraba.

Gloria no dormía. Vigilante en medio de la profunda obscuridad de su cuarto, sus negros ojos se abrían ante las tinieblas, como ante un hermoso espectáculo, y su oído acechaba los murmullos de la noche. Aterrada de su propia zozobra, se ponía la mano sobre el corazón para sentir sus latidos, y á ratos suspiraba, moviéndose ligeramente en el lecho. Pasado algún tiempo después de la partida de su tía, alargó el cuello, y contuvo la respiración para que el leve rumor de ésta no se confundiera con los sones lejanos que quería sorprender.

Crujieron en la casa las últimas puertas que se cerraban; allá en lo profundo oíanse á ratos golpes que parecían subterráneos, y eran las pisadas de las mulas en el suelo de su cuadra; después el ladrido de los vigilantes perros que se alborotaban por el paso de una sombra, y constantemente el vibrante chasquido de los sapos, cantores de la hierba húmeda. Los oídos de Gloria, estimulados por la zozobra de su alma, sondeaban el silencio de la noche, penetrando hasta sus últimas honduras para cerciorarse de que la casa se hallaba en completo reposo.

—Ya duerme—pensó.—Todos duermen.

Siguió escuchando, y claramente percibía el resuello de la mar jamás callada ni aun cuando duerme, como en aquella tranquila noche en que sus olas eran suaves dilataciones de un pulmón en reposo... Gloria contaba el tiempo, pues sin necesidad de reloj podía apreciar el número de instantes que transcurrían. No atendía á ninguna idea pasada; toda su alma estaba en lo presente y en aquel rato de acecho, que iba creciendo hasta ser una hora, dos horas...