—Ya es tiempo—pensó.—¿Qué tiene esta noche el reloj de la Abadía que no suena?

Y no había acabado de formular esta idea, cuando se oyó la primera campanada, larga, cóncava, pesada, prolongada como un lamento. Como los duendes que esperan la hora de su libertad, Gloria se incorporó rápidamente. Al dar la segunda campanada, tomó su ropa, tanteando en la obscuridad, pero sin equivocarse, porque sabía muy bien el lugar donde estaba cada pieza. El reloj seguía dando campanadas lentamente, y Gloria con presteza suma se ponía los vestidos, atando cintas y ajustando botones en la obscuridad con incansable mano. Las cintas se enroscaban velozmente como menudas sierpes en su cintura. Gloria, vestida por completo, calzada, envuelta en su manto negro, se puso en pié y dió algunos pasos. Sus manos iban delante como asidas á las manos de un fantasma que la guiaba. No tropezó con ningún mueble, no dió un solo paso en falso, y llegó á la puerta, que abrió tan suavemente, cual si ésta girara sobre goznes de algodón.

Por el corredor discurría como vana creación de la penumbra, llevada en brazos del aire, y sus pasos, como los de piés que andan sobre nubes, no se sentían. Largo rato tardó en descender la escalera, poniendo suavemente los piés en cada escalón, y si algún ligero crujido de la madera anunciaba el peso, deteníase llena de terror, recogiendo todo movimiento en lo íntimo de su alma. Por fin llegó abajo, donde por ser el suelo de mosáico, no era preciso andar con tantas precauciones. Débil claridad de los cielos, iluminados á ratos por la luna, permitía conocer los ángulos y las paredes y puertas del pasillo. Detúvose Gloria ante una, y aplicando el oído á la cerradura, exploró la intensidad del silencio que reinaba detrás de aquella puerta.

—Duerme—pensó.

Sin detenerse después de esta observación, pasó á una pieza que en el fondo de la casa nueva había: allí dió dos golpecitos en una puerta, y ésta se abrió por mano invisible con ligero rechinar. Gloria pasó á la casa antigua, acompañada ya, de alguien que en las tinieblas la guiaba. Poco más duró su tránsito por sitios obscuros, porque ella misma, al fin, con una llave que en la mano traía, abrió una puerta y salió al patio y á la calle, donde la esperaba un hombre. Este le dió la mano para ayudarle á salvar el escalón y ambos desaparecieron sin hablar.


XIV
Casa.

Por indicación de D. Buenaventura, á quien deseaba servir, el mismo alcalde de Ficóbriga, Sr. D. Juan Amarillo, había proporcionado á Daniel Morton un alojamiento decoroso, pues no cuadraba á la cultura de Ficóbriga ni á la proverbial hospitalidad de aquella noble raza cerrar á un sér humano con impía dureza todas las puertas. A estas razones expresadas por el Sr. de Lantigua, añadió Amarillo otras no inferiores en peso, á saber: que siendo el hebreo persona de elevadísima posición social y de grandes posibles, no debía en todo rigor aplicársele el criterio del vulgo; que nada perdía nuestra santa religión porque se diese posada al peregrino, y que la doctrina evangélica prescribía hacer bien á los enemigos.

Como al mismo tiempo se había levantado el rumor de la conversión del israelita, el alcalde no temió que su pueblo se alborotase; y viendo que todo favorecía su propósito, dirigióse ante la presencia de Isidorita la del Rebenque (que solía en tiempo de baños poner varias piezas de su casa á disposición de los forasteros) y le propuso tomar bajo su manto protector al hebreo.