Los dos hebreos corrieron tras él; pero el coche avanzaba mucho y al poco tiempo desapareció. Su ruído sordo duró algo más, pero al fin difundióse también en el hondo monólogo de la noche. Daniel se halló en el camino real desconsolado y perplejo.

—¿A dónde ha ido?—se preguntaba.—¿Volverá?

Su aturdimiento fué como el de quien ve prodigios y fenómenos incomprensibles dentro de la esfera de la razón humana.

—La he visto—pensaba,—la he visto; y aún dudo si sería ella. ¿Por qué no la llamé? ¿Por qué no pronuncié á gritos su nombre?

Sentándose sobre una piedra, meditó:

—¡Ah!—dijo después de largo rato.—Ya sé... huye de su casa y de su familia... Pero entonces no volverá.

—No volverá—repitió Sansón, sentándose junto á su señor.—Sería temeridad buscarla más, y ahora aunque el señor no me lo permita, me atreveré á decirle...

—Sansón, déjame en paz—dijo Morton.—¿Qué piensas tú de esto? ¿Volverá?

—Pienso que «el avisado ve el mal y escóndese; mas los simples pasan y reciben el daño.» Pues hemos visto el mal, señor, escondámonos; es decir, vámonos mañana mismo para Londres.