—Amigo—dijo Daniel desarrollando su tema,—yo creo que aquí hay algo grande que no comprendemos.

—Lo que yo comprendo—repuso el servidor,—es que se ha dicho: «Sima profunda es la mujer. Aquél contra el cual estuviese airado Jehová, caerá en ella.»

—Sansón, Sansón—manifestó Daniel regocijándose con una idea lisonjera, que brillaba en su mente como luz que nace y crece.—Yo estoy seguro de que volverá. El corazón me dice que volverá.

—¿Y estaremos aquí hasta que vuelva, señor?

—Aquí estaremos mientras sea de noche. ¿Tienes frío? Pues toma mi gabán y póntelo sobre el tuyo.

—Gracias, señor. ¿Es absolutamente preciso que yo esté en vela?

—Puedes dormir si para ello tienes cuerpo. Yo te despertaré en caso necesario.

—Entonces con permiso del señor—dijo Sansón acomodándose en el suelo,—voy á descansar; porque... «¿qué más tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?... Generación va, generación viene, mas la tierra siempre permanece... ¿Qué es lo que fué? lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? lo mismo que se hará, y nada hay nuevo debajo del sol... Vanidad de vanidades, dijo el predicador, vanidad de vanidades, y todo vanidad.»

Poco después de pronunciar su última sentencia, dormía. El amo, siempre vigilante, no apartaba los ojos del último término visible del camino real y de las colinas que se sucedían tierra adentro. Nada pudo distinguir en aquella masa obscura, á ratos mal iluminada por la luna. Los negros árboles ocultaban los senderos; pero el hebreo, empleando su alma toda en la atención, buscaba en la inmensidad negra un rastro del ave cuyo vuelo había visto, y tan grande es el poder del espíritu que al fin lo hallaba. No veía nada con los ojos, pero su curiosidad, excitada hasta la inspiración, estaba segura de la existencia de una estela misteriosa, trazada por un corazón que corría en busca de su amor. Era como aquella seguridad de la fe, que sostiene y declara la verdad sin verla ni poderla explicar.

Después oyó cantar un gallo, y á la voz de aquél respondieron otros sucesivamente, cerca y lejos, formando el más bello concierto que puede imaginarse. No existe en la Naturaleza, fuera de lo humano, voz más conmovedora que el alarido de aquel noble animal, exclamación lanzada por los campos en los instantes lúcidos de su placentero sueño y con la cual dice al hombre: «yo soy la amenidad de la vida, la paz, la sencilléz, la diligencia y el trabajo.»