Daniel oía los remotos alertas del gallo que clamaban: «¡allá va, allá va!»

—Ha de volver—pensó, dirigiendo ávidas miradas hacia las colinas.—Si el corazón me engaña esta vez dudaré de él toda mi vida.

Había transcurrido poco más de hora y media desde la desaparición del coche, cuando el israelita creyó sentir torbellino de ruedas. No era todavía más que un convencimiento íntimo, sin nada real que resultara de una sensación clara. Esperó, y al cabo de cierto tiempo adquirió la certidumbre de que un coche venía.

—Sansón, Sansón—gritó tirándole de un brazo.—Levántate, perezoso.

—Señor, señor... ¿Nos vamos para Londres?...—dijo el criado frotándose los ojos.—Soñé que me embarcaba y decía...

—No digas nada... Prepárate para hacer lo que te mande. Tú tienes buenos puños. Detén ese coche.

—¿Cuál?

—Ahí viene. ¿No oyes?

Dejóse ver el carruaje, que venía corriendo tirado por dos caballos.

—¡Dos caballos!—dijo el amante de Dalila.