—Aunque sean veinte, hemos de detenerlos.
El coche se acercó, y Sansón, poniéndose en medio del camino, con los brazos abiertos como un misionero que va á exhortar á la buena vida, gritó:
—¡Stop!
Mas el que guiaba blandió el látigo, cruzando con él la cara del importuno que intentaba detener el coche. Entonces los caballos elevaron rugiendo sus cabezas al sentirse contenidos por una mano de hierro que sujetaba sus riendas; anduvieron trabajosamente algunos pasos; sacudióse el vehículo; una voz de mujer gritó angustiada: «¡Jesús!» un chico dijo: «¡Ladrones!» y Caifás, que era el que guiaba, exclamó: «¡Por vida de Patillas! ¡me lo temía!»
Daniel Morton, tirando del brazo de Caifás le hizo bajar más que de prisa del pescante, y después extendió sus brazos al interior del breck, que se cubría con cortinas de hule. Una mujer aterrada y llorosa estaba allí en compañía de un chico, de quien Morton no hizo caso alguno. Era Sildo.
Gloria no habló nada. Quiso luchar un instante con los brazos que la robaban; pero esto no era posible. Morton la sacó del coche, llevándola como á un niño.
—Señor Morton, por amor de Dios—dijo Caifás poniéndose de rodillas delante del hebreo.
—Márchate—le dijo Daniel.—Sansón, vete tú también con el coche á la entrada del pueblo.
—Déjame—murmuró Gloria sordamente cuando los demás se alejaban.—Déjame; yo no te he llamado, ni te he buscado, ni te quiero ver.