Presa en los amantes brazos, Gloria permanecía inmóvil, y el mantón que la cubría, dejando tan sólo libre la preciosa y afligida cara, hacía más estrecha la prisión en que se encontraba.
—No me digas que te suelte, porque te abrazaré tanto, tanto, que te ahogaré.
—¡Ya no te quiero, ya no!
—Y yo te adoro... Esto basta.
—Es que yo te aborrezco.
—¡Mentira!... eso no puede ser. Si tú me aborrecieras, se habría de conocer en el universo. El sol no alumbraría lo mismo.
—Déjame.
—¡Dejarte! ¡Soltarte! ¡Soltar el bien que se ha ganado!... Tú has perdido el juicio. Por este momento me alegro de haber nacido, de haber vivido tantos años entre penas; me alegro de ser quien soy, y me regocijo de todo.
—¿Pero qué pretendes?... ¡estás loco!...
—¿Qué pretendo? Morir contigo, ó darte la vida que mereces...