—Yo no necesito de tí.
—Yo sin tí me muero. Tú lo sabes, y sin embargo me rechazas. Y cuando reces á tu Dios, mirarás á tu conciencia y la verás tranquila y satisfecha, sin acordarse del pobre que no vive sino por la esperanza de verte y de pedirte perdón.
—Te perdono; pero déjame.
—Sí, y cuando nos hayamos separado, iré al mar, iré á ese buen amigo que me está llamando hace tiempo, y atando una gran piedra á mi cuello, me arrojaré en él. Entonces, querida mía, no te mortificaré más.
—¡Por Dios—dijo Gloria desfalleciendo,—me ahogas!
Morton dilató ligeramente sus brazos, y la joven respiró con más libertad.
—Así—dijo con dulzura,—así. Déjame ahora y no te guardaré rencor.
—¿Por qué me tratas así?... ¿Por qué huyes? ¿Por qué un instante de mi compañía ha de ser tan violento? ¿Por qué para oirte y para verte he de necesitar atarte como á un prisionero?
—Porque así debe ser—repuso ella cesando en sus movimientos para desasirse.