—Y sin embargo, al huir de mí, al encerrarte, al despedirme en tu puerta, tú no eres felíz—dijo Morton besándola con ardor.—Tú padeces.

Al oir esto, Gloria no pudo decir nada que no saliese puro y verdadero de su propio corazón. Como el agua que afluye mansa y sin esfuerzo de la fuente, así salieron de su boca estas palabras:

—¡Padecer! Mucho... padezco mucho.

Dando un suspiro cerró los ojos.

—Ya lo sé. Tus penas, vida mía, tienen un eco sensible en mi corazón, y aquí se repiten, doliendo, porque tus heridas son mis heridas, porque estoy destinado á vivir con tu vida y á morir con tu muerte.

—Eso no puede ser—dijo Gloria tratando nuevamente de evadirse.—Bien está cada uno con lo suyo... Déjame seguir mi camino. ¡Por Dios vivo, te suplico que me dejes!

—No... ¿Por qué no quieres descansar un instante de tu martirio?

—Yo no quiero descansar. Padeceré por espacio de cien vidas, y aun no expiaré mi culpa.

—¡Por mi madre te juro que no consiento, que no puedo consentir esto!—exclamó Daniel con exaltación.