—¿Qué?
—Esta separación horrible. Yo romperé todas las leyes; pero esto no seguirá, te lo juro. Cuanto hay de violento y brutal verás en mí si es preciso. Prepárate, porque así como ahora te tengo, así espero tenerte por los siglos de los siglos... ¿Quieres satisfacer una curiosidad que me devora, quieres darme una prueba de confianza, quieres que te perdone lo que me has hecho padecer negándote á verme? Pues díme á dónde has ido esta noche, á dónde has ido otras noches que te han visto salir.
—No debo decirlo—murmuró Gloria.—Pero... si me dejas seguir mi camino te lo diré.
—A ese precio no.
—Pues no.
—Pues si tú no me lo dices, te lo diré yo, porque lo sé; porque esta misma noche ha sabido adivinarlo mi corazón, Gloria, mi corazón que no puede estar mucho tiempo ignorante de lo que pasa en el tuyo. ¡Oh armonía sublime! Si esta correspondencia de afectos no existiera, no existiría el alma.
Acercando sus labios al oído de la joven, pronunció unas palabras que ni el áura de la noche pudo oir.
Gloria cerró los ojos, en cuyas pestañas brillaban temblando algunas lágrimas.
—¿Es cierto?—le preguntó el hebreo besándola con ardor.
Gloria palideció más de lo que estaba, y cruzó sus manos en la actitud de los muertos.