—¿Es cierto?—repitió él con frenesí.
La joven exhaló tenue suspiro, y con él, como el último vagido del alma que se marcha, un sí. Pero sus cerrados ojos parecían hundirse y sus labios perdieron el color. Daniel le tentó las manos y sintió la suya oprimida fuertemente por las de ella, con la energía que imprime á los músculos la emoción de un adiós postrero. Luégo creyó notar que el pulso de la joven se extinguía; advirtió extremada frialdad en su frente; tuvo miedo; la llamó.
—¡Gloria! ¡Gloria!—oyeron las soledades del campo.
La joven no respondía; pero entreabrió ligeramente los ojos, sonrió después y sus manos crispadas apretaron con más vigor las del hebreo.
—¡Gloria! ¡Gloria!—gritó éste de nuevo.
Los labios de la hija de Lantigua quisieron hablar, mas nada dijeron. Hizo un gran esfuerzo, y entreabriéndose sus párpados, mostraron las negras pupilas que parecían decir con su lenguaje mudo: «Que te vea un momento más.»
El extranjero esperó un instante en ansiedad terrible.
—Es un desvanecimiento—dijo para sí.
Y al instante gritó:
—¡Sansón, Sansón!