Salió al fin, y en el pasillo, Francisca que volvía de la cocina, le dijo:
—No ha sido nada, un desmayo. Ya ha vuelto en sí.
Fácil es comprender el estupor de Serafinita al ver á su sobrinita vestida como si acabara de llegar de la calle, y á dos hombres desconocidos, uno de los cuales la asistía juntamente con D. Buenaventura. La piadosa y noble señora permaneció en pié, aterrada, con los ojos fijos, el labio á punto de soltar la palabra, extendida una mano, todo su cuerpo y fisonomía como estátua labrada en representación del ideal del asombro. Sansón estaba junto á la puerta, serio y estirado como un centinela; mas á una señal de su amo se retiró.
—No es nada—dijo D. Buenaventura lleno de turbación, pareciendo muy disgustado de la presencia de su hermana.—¿Para qué te has levantado, Serafina?
—¡Ha salido!...—exclamó la señora con espanto señalando á su sobrina.—¡Ha salido...! ¡Gloria!
—No... es que—repuso D. Buenaventura pálido y balbuciente.—Sí... en efecto... salió... Ya ves cómo ha regresado. La pobre ha tenido un susto.
—¿Y este hombre quién es?—preguntó Serafinita señalando al hebreo.
—Es... un señor... un amigo mío—replicó Lantigua.
—Daniel Morton—dijo él presentándose con respeto.