Serafinita tembló como si sintiera súbito y abrasador el calofrío de una enfermedad fulminante. Acudió á ella prontamente D. Buenaventura temeroso de que la impresión recibida la trastornase, y afectando tranquilidad que estaba muy lejos de tener, dijo:

—Querida hermana, no te aflijas sin motivo. Aquí no ha pasado nada de particular. Este caballero pasaba casualmente cuando...

—¿Por qué no decir la verdad?—manifestó Daniel interrumpiendo.—Yo detuve su coche cuando volvía...

Gloria, que había recobrado el conocimiento y lloraba en silencio, cayó de rodillas delante de su tía, besóle las manos, y entre ahogados sollozos, bebiéndose las lágrimas, habló así:

—Señora, tía de mi corazón, he faltado, he pecado contra la obediencia, contra la resignación, he faltado á mis votos y al deseo y á las órdenes de usted; pero merezco perdón porque soy madre... Soy madre y he ido á ver á mi hijo, de quien me separa una prohibición justa, pero á la cual no me puedo resignar.

A la declaración de Gloria sucedió tétrico silencio, por lo cual aquella fué más solemne. Creeríase que sus palabras subsistían sonando, y quedaban como grabadas en el silencio mismo.

Don Buenaventura levantó á la joven del suelo, hízola sentar, colocóse á su lado doña Serafina que también lloraba, y los dos hombres permanecieron en pié consternados y mudos.

—No he podido resistir á mi afán—continuó Gloria.—Me he portado, querida madre mía, como los hipócritas, como los ladrones, y he salido en silencio, á deshora, cuando todos dormían, acompañada de un hombre humilde que en todo me obedece... Esta es la verdad. Lo digo porque há tiempo que esto se me sale del corazón y no puedo ocultarlo, porque me dan ganas de salir á la calle y decirlo á gritos... Lo digo también porque no se crea lo que no es, al verme entrar como he entrado...

—Sosiégate, hija mía—dijo Serafinita con ternura.—Creo que tus móviles siempre son buenos y honrados. Esto mismo que me cuentas y que me ha dejado absorta, esta misma desobediencia ha sido impulsada por un sentimiento noble, por el más noble de todos después del amor de Dios, sí, después.

A las palabras de doña Serafina sucedió otro espacio de silencio, que las hizo, como las de Gloria, más solemnes, dejándolas, por decirlo así, esculpidas.