—Por eso—continuó la señora acariciando las manos de su sobrina,—no me atrevo á dirigirte una sola palabra de reconvención... Ahora me explico lo que oí de tus salidas de noche... ¿Por qué has hecho esto?... ¡Qué confusión!... Pero no es oportuno reprender... no... Un preciosísimo sentimiento te ha guiado... No necesito explicaciones respecto á la circunstancia de volver acompañada... Segura estoy de que no es culpa tuya.
Doña Serafina miró al hebreo sin rencor ni curiosidad, como si tratara más bien de pedirle con suplicante modo estrecha cuenta de la perdición de un alma, que de confundirle con anatemas.
—Ahora, á descansar—propuso D. Buenaventura;—estás fatigada, hijita. Vamos arriba... No se piense más en lloros ni sofocones. A descansar.
—Este hombre—balbució Serafinita señalando á Morton,—no necesitará que le demos hospitalidad. Tendrá su casa donde pasar la noche.
—Estoy dispuesto á retirarme—dijo Morton, pálido como un muerto,—pero si la señora me lo permite, antes hablaré un poco con su señor hermano.
—Yo también tengo que hablar. Al momento soy con usted—dijo D. Buenaventura, enlazando con el brazo la cintura de su sobrina para conducirla á lo alto de la casa.
Morton se quedó solo, esperando al banquero que no tardó en volver. El poderoso argumento de ternura que guardaba éste para la ocasión más favorable, habíase enunciado por sí mismo.
En el vestíbulo de la casa, Roque y Francisca entablaron viva disputa con Sansón, intentando convencerle de que debía ponerse inmediatamente en la calle; pero él, haciendo más gestos que un molino de viento, ya que con la lengua no podía explicarse, les decía que mientras su amo estuviese dentro de la casa, él no saldría. Reforzó luégo Francisca sus argumentos con empellones y denuestos terribles. Al fin transigieron, conviniendo en que ni saldría á la calle ni aguardaría á su amo dentro de la casa, quedándose entre infierno y cielo, ó sea en el jardín. Al bajar la pequeña gradería de la puerta principal, decía en alta voz recordando los libros santos:
—«Mejor es que se encuentre un hombre con una osa á quien hayan robado sus cachorros, que con una mujer necia.»