—Tampoco.

—¿Te molesta mi compañía? ¿Quieres que me vaya ó que me quede?

—Que no se separe usted de mí es lo que deseo; pero no quiero que usted esté en vela por mí.

—¿Te agrada mi compañía?

—Mucho... Me consuela mucho oir su voz... Yo quisiera hablar algo también. Tengo muchas cosas que decir.

—Pues dímelas.

—O mejor será que me calle. Si no está usted muy cansada, querida tía, no me deje sola, porque no dormiré y estaré pensando horribles disparates... Pensaré mucho en el afán que me ha sacado de mi casa á hurtadillas tres noches, y en otras cosas que me turban mucho.

—Te acompañaré si quieres.

—Siéntese usted ahí, junto á mi cama, y repréndame por mi mala conducta. No debí hacer lo que he hecho, ¿verdad?