—Quizá esta falta no sea tan grande como tú crees.

—¿Merece perdón?

—Sí, merece perdón, y yo te lo doy con toda mi alma—repuso amorosamente Serafinita, poniendo su suave y blanca mano sobre el angustiado seno de Gloria.—¿Has podido creer otra cosa en mí? ¿Has visto en mí alguna vez crueldad, violencia ó coacción brutal? ¿He empleado otros medios que la exhortación, el ruego y el natural influjo que los mayores ejercen sobre los pequeñitos, sobre los niños...? Porque tú eres una niña, un tierno arbolito al cual es preciso guiar y poner derecho para que jamás y por ninguna causa se tuerza de nuevo. La prohibición de ver á tu hijo y la dura ley de tenerle alejado de tí en estas circunstancias, no es mía, es de nuestro común padre espiritual, de mi bendito hermano Angel; ya sabes que debemos obediencia ciega al prelado y respeto al hermano.

—Mi tío es muy santo, muy bueno; yo le respeto y le quiero mucho; pero en este caso... no sé... yo creo que su conducta conmigo y con mi pobre hijo desvalido no es la más generosa ni la más humana.

—Por todos los santos, niña mía—dijo doña Serafina con aflicción,—por tu alma, querida, que está en grandísimo peligro, no digas tales cosas. Ese es tu flaco, la soberbia, la independencia de juicio, la crítica, la perversa crítica de actos y de ideas emanadas de la autoridad. Hija de mi corazón, mientras no te sometas por entero, no tendrás paz; mientras no renuncies á ese perverso juicio de las determinaciones superiores, no alcanzará tu espíritu sencilléz ni pureza, ni la humildad que ha de acercarte á Dios.

—No lo puedo remediar, querida madre, por más que trato de sojuzgar mi entendimiento, por más que le pongo ligaduras y le azoto y le pisoteo... sí, todo eso hago... pero aun haciéndolo así no puedo conseguir nada. Todas las fuerzas de mi espíritu no pueden obligar al pensamiento á que se convenza de que un hijo desvalido debe estar separado absolutamente de la madre que le dió el sér, de que eso no es una violación de las leyes más santas, y de que Dios aprueba crueldad tan grande.

—¡Oh, hija mía, expresada de ese modo tu querella parece razonable! ¡Qué horrible cosa! ¡Separar á un hijo de su madre, privarle á él de las caricias y de los cuidados de la que le llevó en sus entrañas!... ¡Quitarle á ella el goce más puro y el afán más legítimo que en humano corazón puede existir, después del amor y del goce de Dios!... ¡Qué barbarie! En efecto, dicho así, parece el caso presente un ejemplo del más fiero y despiadado rigor.

—Es verdad que lo parece, ¡ay!

—Te tengo lástima, la compasión más viva que se puede tener por una criatura—dijo Serafinita apartando su mano del pecho de la joven, como una divinidad que retira su protección.—Hablas y piensas vulgar y torpemente con las vanas ideas de los necios y los soberbios. No penetras el sentido de las cosas, porque no eres sencilla y humilde en tu criterio, porque no tienes el desprecio de tu propio juicio, que es lo que conduce á entender las más elevadas cosas sin trabajo, por la misteriosa luz que se recibe del cielo... Ven acá y díme; ¿acaso mi hermano te ha negado en absoluto las delicias de la maternidad? ¿Acaso ha mostrado saña ó prevención contra ese pobre niño? ¿No te envió su bendición para tí y para él, no te escribió diciéndote que te ama hoy como antes, que te perdona todos tus yerros, que se enternece sólo de pensar en esa inocente criatura que has dado á luz, y que la ama con paternal cariño?...

—Sí, es verdad, es verdad...—repuso Gloria anegada en llanto.—Yo sé que mi tío es el mejor de los hombres... yo también le adoro á él... pero...