—¿Pero qué?... ¡Ay! pobre hija de mi corazón, siento que mis palabras claven otra vez el cuchillo en tu reciente herida no curada; pero es preciso. No, no basta concebir un hijo y darlo á luz para tener derecho á los inefables goces de la maternidad. No ha nacido, no, ese desdichado niño, á quien pusimos por nombre Jesús para que hasta el nombre indique nuestro deseo de criarlo en Jesucristo; no nació, digo, ese infelíz niño de padres unidos por el Sacramento; no nació entre las aclamaciones alegres de una familia, ni entre el regocijo de la Iglesia nuestra madre; no nació rodeado de esa aureola de honra y felicidad que circunda al heredero de una familia ilustre; no nació deseado, sino temido; no nació como una esperanza sino como un horror, y tú misma, al sentir en tu seno las palpitaciones que eran aviso de esa vida nueva que arrancaba de tí, no temblabas de alborozo sino de vergüenza, porque lo que en el orden natural hubiera sido el más dulce consuelo de tu alma y la gala más rica de tu familia y de tu nombre, era en este caso la encarnación de tu infamia. Nació inocente, sí, y sin más culpa que la que todos al nacer traemos; nació digno de ser amado y educado; pero no nació en la sacrosanta ley de la familia cristiana. Lleva en sí el baldón de tu ignominiosa caída, de tu caída, que no vacilo en recordarte, porque tu mayor gloria es padecer, y sólo padeciendo has de regenerarte... ¿Has olvidado que tu caída es la más deshonrosa que se puede imaginar? Jamás el demonio tendió lazo más horrible. Escogió la mejor criatura para víctima, y para cebo... un hombre de raza maldita por Dios, la cual expía el crimen de deicidio con su dispersión y envilecimiento.
Gloria que había oído la anterior arenga con indecible congoja, sintió, al llegar el último punto, que sus cabellos se erizaban, que sus músculos se contraían, que su sangre se paralizaba... Extendió una mano como para imponer silencio á la señora, y con la otra se oprimió la frente.
—Te mortifico—dijo Serafinita.—Callaré, pues, porque no puedo faltar á la caridad. Pero por tu parte debes desear la mortificación, debes buscar el padecimiento y renovar tus dolores y clavarte cien veces estas espinas y estos clavos, pues sólo cuando no te canses de padecer, cuando hayas bebido el cáliz de la pasión, serás salva y regenerada, hija mía querida.
—Pues siga usted, quiero oir.
—No; sólo me resta decirte que mi hermano ha considerado con gran sabiduría que ese niño debía ser reclamado por Jesucristo, puesto en salvo, en seguridad, con garantías de que nunca dejará de pertenecer á nuestra santa fe católica.
—Pues qué—objetó Gloria vivamente,—¿temen que yo sea capáz de apartar á mi hijo de la fe de Jesucristo?
—Tú no... si bien tus ideas no son lo más á propósito para darle una educación verdaderamente cristiana... Y mientras no veamos completa y absolutamente limpio tu corazón de liviandad, de vanidades sentimentales...
—Pues qué, ¿no lo está ya?—dijo Gloria vivamente.
—¡No, querida hija mía, no lo está! Bien conozco que existe aún la levadura del desordenado afecto y de las mundanas imaginaciones que trastornaron tu alma, y sumieron en terribles calamidades á tu familia. Mientras esa levadura exista no podemos esperar nada de provecho para tu perfección moral.