—Si algo me queda—repuso la sobrina con resignación,—yo lo iré arrancando poco á poco, que no he de hacer yo en un día lo que personas muy santas no consiguieron sino á fuerza de paciencia, abstinencias y mortificaciones.
—Tienes mucha razón—dijo Serafinita con complacencia;—pero es la verdad que el estado de tu espíritu no es el más á propósito para que te entreguemos á tu hijo. «Mientras exista sobre la tierra el que la engañó, ha dicho mi hermano, Gloria estará en peligro de caer de nuevo.» Pues bien, desgraciada, ese hombre no sólo existe, sino que te persigue, te ha buscado... ¡está aquí, en Ficóbriga, y anoche...! Con respecto á tu hijo, la voluntad de mi hermano es bien clara. «Puedes concederle, me escribió desde Roma el mes pasado, algún consuelo, permitiéndole ver á esa tierna criatura, aunque no conviene que se exalten demasiado sus sentimientos maternales. Puedes permitirle este desahogo tan natural y de tan buen origen; pero si por acaso el Malo se presentase en Ficóbriga, establece la incomunicación más absoluta; esconde á nuestro buen Jesús, que criamos para el cielo; ponlo donde sus extraviados padres no puedan alcanzarlo, porque temo mucho que perdamos esta tierna alma, ofrenda piadosa de nuestra familia al que hiriéndonos nos ha mostrado su poder, y mortificándonos su misericordia.»
Gloria, al oir esto, cayó en profundo y lúgubre silencio.
XIX
Espinas, clavos, azotes, cruz.
—Tú me dijíste que aceptabas esta cruz como expiación.
—Sí la acepté—dijo la infelíz, después de una pausa en que Serafinita aguardó con impaciencia la contestación.—La acepté, pero luégo... luégo, querida tía, sentí que no podía, que no podía resignarme á ella; no tuve valor, mentí, disimulé, engañé á todos los de casa, salí ocultamente, después de sobornar á Mundideo para que me acompañara... Me porté mal, lo reconozco; pero el grito que sale de mis entrañas puede más que todo, y cuando él suena en mí no puedo dominarme, ni ser santa como usted dice, ni resignarme á padecer, ni llevar la cruz, ni clavarme clavos, ni beber cálices, ni ponerme corona de espinas.
—Hija mía, cada vez me causa más alarma y miedo ver en tí ese desasosiego que te aleja de la perfección. Tú no estás curada ni puedes estarlo, mientras no hagas un esfuerzo supremo, el último esfuerzo de tu alma pecadora para coger á Dios que se te escapa. Estás llena de ansiedades incomprensibles, de dudas horrendas. No conoces ese admirable fruto del Espíritu Santo que llamamos paz.
—¡Paz!—dijo Gloria con desaliento.—Temo que nunca jamás vuelva á haberla en mi alma.