—Hablas como el réprobo, hija mía. Te hace falta gracia; pero te advierto que lo primero que ha de hacerse para tener gracia es desearla.

—La deseo.

—Pedirla fervorosamente á Dios.

—La pido.

—Es indispensable ponerte en estado de merecerla, sacrificando á Dios todos tus afectos, todos tus deseos terrenos, todo lo que te liga á este mundo; desprendiéndote de todo, absolutamente de todo, para no poseer más que á Dios; renunciando á tener voluntad propia; convenciéndote de que vivimos desterrados en este mundo, de que nada existe bajo el sol que no sea digno de ser despreciado y trocado por la única ganancia real que es Dios. Es preciso que te rodees de tinieblas para que el Señor se digne rodearte de luz; que te anonades y te humilles y te niegues á tí misma; que te sujetes de todo corazón á Dios para poder obtener la verdadera libertad de espíritu; que vivas constantemente mortificada para que no puedas ser tentada; que te creas vil y despreciable para que tu miseria te redima; que renuncies al deseo de saber cosas ocultas y hondas, y abraces la mejor sabiduría y la filosofía mejor que consisten en no tenerse en nada á sí mismo; que no abrigues vanidad de cosa alguna, porque la mayor vanagloria es el desdén de sí mismo; que apartes tu corazón del amor de las cosas visibles para llenarlo de las invisibles.

Dijo estas palabras doña Serafina con emoción tan profunda y tal acento de convicción, que era imposible oirlas sin asombro.

Gloria cruzó las manos sobre el pecho, y con acento de fe respondió:

—A todo renuncio; pero no acierto á renunciar á mi hijo. Me desprecio como mujer; pero como madre no puedo hacerlo. Arranco de mi corazón todos los sentimientos menos éste que me da vida. Ofrezco á Dios todo lo que hay en mí; pero no puedo ofrecerle como un homenaje piadoso la negación de mis derechos y de mis goces de madre. ¿No es esto noble, no es esto santo, no es esto divino también, tan divino por lo menos como esa perfección que consiste en negarse á sí mismo?

—Sí, noble, santo, divino también es ese sentimiento—dijo Serafinita.—¿Quién lo duda? En la forma de la maternidad fué enaltecida sobre todos los séres humanos la mujer que subió al cielo en cuerpo y alma. Los sentimientos maternales son puros y santos sobre todo encomio, hija mía, aunque jamás, no siendo por gracia especial del cielo, enaltecerán tanto como el estado de perfección infundido por los que llamamos Consejos del Evangelio: «pobreza voluntaria, estado de castidad absoluta y vida de obediencia...» Esta es la luz que he puesto ante tus ojos, adorada hija mía, induciéndote á seguirla...