—Ya amanece. Jueves Santo, hija mía. ¡El día más hermoso para salvarse!
Gloria trató de decir algo; pero entróle una congoja penosísima; su corazón oprimido latía con fuerza, y era tal la sofocación de su pecho, que Serafinita le retiró las sábanas para que el peso de ellas no le molestase. Movióse la infelíz con febril inquietud en el lecho, y su hermosa cabeza, con los negros cabellos en desorden, echábase violentamente hacia atrás. Por último se llevó ambas manos al pecho y oprimiéndoselo, cual si quisiera detener allí alguna cosa que se le escapaba, gritó con voz ronca:
—Señor, Señor, no puedo.
Su tía procuró tranquilizarla. Al fin iba cayendo la joven en un estado semejante al sopor. Serafinita notó que sus sienes latían violentamente y que su respiración era fatigosa. Pero seguía aletargada, y como esto tranquilizara á la buena señora, arrodillóse junto á la cama y empezó á rezar con el mayor recogimiento.
XX
¿Qué haré?
Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.
El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche obscura, pues la luna, no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el rostro como novia enojada que huye de su amante observando si éste la sigue. Sansón unióse á su amo; pero éste le dijo secamente que se retirase á la casa dejándole solo.
Aparentando obedecer, Sansón le siguió desde lejos. Morton rodeó la casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce á la playa, bajó lentamente, con las manos cruzadas á la espalda, la vista fija en el suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos apagados ó por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba ensordeciendo á medida que á él se acercaba.