—Usted es una santa—dijo Gloria abriendo los ojos y ofreciendo sus brazos á su tía para estrecharla en ellos.
—Soy una infelíz que he aspirado á ejercer el ministerio de los apóstoles, y Dios me castiga por mi soberbia.
—Usted es una santa—repitió la joven,—pero... nunca ha sido madre.
La noble señora no contestó. Observaba la creciente desfiguración de las facciones de su sobrina.
—¿Qué tienes?
—Una cosa que sería deseo de morir—repuso Gloria con abatimiento,—si no siguiera viviendo mi hijo.
—¿Tienes sueño?
—La pereza de la muerte; pero con esto se duerme.
—Debes descansar.
—No puedo... No se separe usted de mí. Si me quedo sola pensaré cosas malas. ¿Qué hora es?