Gloria callaba. Parecía que en efecto metía la mano en su corazón y tanteaba llamas.
—¿Callas?
—No sé qué responder—dijo la infelíz dejando caer sus brazos con desaliento.—Mi alma está acongojada, y en mi pensamiento todo es confusión, desvarío. No sé lo que pienso ni lo que siento, porque estoy llena de terrores, de angustias, de presagios, de deseos, y no puedo tomar resolución alguna, porque cada esfuerzo de mi voluntad es seguido de un desfallecimiento que me mata.
—Pues yo te ofrezco los medios para salir de ese estado, y los rechazas. Te señalo el amor exclusivo de Dios como término dulcísimo de tus ansias, ¡y dudas todavía!... Desarraiga todo amor criado, y entrará en tí la gracia como un torrente. Retira tus ojos de toda criatura y verás el rostro del Criador. Sepárate de cuanto ves y estarás unida á El eternamente. Cierra tus oídos á la música fascinadora de los afectos pasajeros, y oirás en tu interior el habla del Señor Dios. ¡Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que viene de fuera, sino la verdad que habla y enseña interiormente!... Nadie mejor que yo puede darte estos consejos, porque en mí no sospecharás egoísmo. He hecho voto de pobreza, he repartido mi fortuna entre los pobres y las hijas de mi hermano. Desengañada de las vanidades del mundo, me disponía á entrar en un santo retiro, cuando supe tu desgracia. Esto me detuvo, y sentí en mi conciencia el habla dulcísima de mi Dios que me dijo: «Ve y tráemela»...
»¡Hija de mi corazón! Corrí á tu lado, te asistí en tu enfermedad como pudiera hacerlo la madre más cariñosa; pero mi orgullo no se cifraba en librarte de la muerte física, sino de la muerte moral, que es la condenación eterna. Te exhorté, te puse mil ejemplos ante la vista, lloramos juntas, te he tratado con dulzura, con ardiente cariño y sin dureza ni altanería; que en las conquistas cristianas la humillación trae la victoria. Yo no puedo consentir que tu alma nobilísima arda en los infiernos por un extravío pasajero, y seguiré exhortándote hasta que me arrojes á golpes. Mientras tenga lengua te diré: «Ven, ven, hija mía, ven conmigo á esa morada pacífica y solitaria donde tu alma se purificará por la oración, por la humildad, por la penitencia, recibiendo, al modo de una ablución divina, la gracia que ha de regenerarla.» Allí tu corazón se limpiará de esa escoria tenebrosa por la llama del divino amor, que irá creciendo, creciendo, hasta producirte los más dulces arrobos, y la gratísima previsión del reino de los cielos, sólo concedidos á los que todo lo dejan por el Amado, y al Amado consagran cuanto en la persona humana existe de espiritual y divino...
—¡El convento!—murmuró Gloria dando en su lecho una angustiosa vuelta.—No me asusta el encierro... pero allí no veré á mi hijo.
—El que hizo el mundo, el que se hizo hombre por redimirnos, el que fué sacrificado por nuestro amor es el primero de todos los amores, hija mía—declaró Serafinita, derramando sin cesar lágrimas de emoción y piedad.—¿Es posible, es posible que no te convenzas todavía?
Gloria cerró los ojos, y como el que se hunde en los abismos de un letargo, contestó desde dentro con profunda voz, que apenas hacía mover sus labios:
—Todavía no.
—¡Miserable de mí, mil veces miserable—exclamó doña Serafina con patético dolor,—que no tengo fuerzas, ni elocuencia para salvar á un alma querida!