Y para juzgarla los hombres y condenarla debían á su vez arrojar de los altares á muchos varones y hembras que subieron á ellos por ser como Serafinita.
Estaba preparando el almuerzo de su sobrina y se caía de debilidad á causa de los repetidos ayunos; pero el piadoso esfuerzo de su voluntad vencía al cuerpo, infundiéndole una resistencia poderosa, y gracias al absoluto desprecio de la carne, aparecía triunfante siempre el espíritu y dispuesto á todas las empresas cristianas que exigieran abnegación. ¡Lástima grande que aquella santidad no fuese más humana!
Cuando Gloria almorzó, vino el médico y le ordenó el mayor reposo y que huyera de toda emoción viva. Serafinita rogó á la joven que diese un paseo por la habitación, lo que ella hizo de muy buen grado, admirando desde el balcón la hermosura de la mañana.
—¡Qué bello día!—exclamó.—Parece que en días así no puede menos de pasar algo grande.
—El día, querida sobrina—dijo la señora,—está lleno de la sagrada memoria que hoy celebra la Iglesia. ¿No ves en la Naturaleza una especie de atención solemne, un recogimiento grave y placentero? Hoy celebramos la muerte y la vida, la muerte corporal del que expiró por darnos la vida... Yo leeré.
Serafinita se colocó junto al altar, y poniéndose las antiparras que su fatigada vista exigía, empezó la hermosa lectura, mientras Gloria tomaba asiento en un sofá junto al balcón. Empezando por los Maitines y Nocturnos, que son los oficios llamados Lamentaciones, y que la Iglesia canta en la tarde del día anterior, leyó el Salmo: «Sálvame ¡oh Dios! porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar, mi garganta ha enronquecido. Han desfallecido mis ojos esperando á mi Dios... Dios, tú sabes mi locura y mis delitos no te son ocultos.»
Ambas mujeres tenían su alma absorta en tan sublimes conceptos. Doña Serafina recitó con entera voz la Lamentación: «¿Cómo está sentada sola la ciudad antes populosa? La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda... Amargamente llora en la noche. No tiene quien la consuele de todos sus amadores...»
Y así siguió la lectura con edificación de entrambas. Como Serafinita se fatigase, Gloria le rogó que le diese el libro, y con la emoción más viva leyó el Miserere: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme á tu misericordia grande, y conforme á la multitud de tus piedades, borra mis iniquidades... Porque conozco mi iniquidad y mi pecado está siempre delante de mí.»
La misa, la epístola de San Pablo á los Corintios, la Sequentia del Evangelio tocaron á Serafinita, que á su vez reclamó el libro. Después de leer todo lo concerniente á la cena, dijo á su sobrina:
—Hemos llegado al punto más interesante, más patético, más solemne de nuestra doctrina, la institución de la Eucaristía. Si tú, hija mía de mi alma, meditando mucho en esto, lograras penetrarte bien de la idea de sacrificio tan sublime, si consiguieras asimilártela y hacerla tuya, ¡cuán grande facilidad hallarías para dar al problema de tu vida la solución que te propongo! ¿Pero no te dice nada tu corazón, no se enternece contemplando el inmenso amor de la sacratísima víctima del Calvario? Lo que á gritos dicen tu situación social y los acontecimientos, ¿no lo ha de decir tu corazón? Yo veo tan claro esto, niña mía, que no comprendo cómo puedes dudar.