Gloria, los ojos bajos, inclinada la cabeza sobre el pecho, callaba, trenzando los hilos de lana del pañuelo que cubría sus hombros.

—Dada tu situación no veo otro camino—añadió Serafinita.—Mucho habían de cambiar los sucesos, para que la lógica de tu porvenir cambiase. Sería preciso que ese infiel empedernido abriese sus ojos á la luz cristiana, sería preciso que se verificase una de esas conversiones ruidosas que hacen época en el mundo... y esto es difícil, aunque no imposible. Díme, ¿lo crees tú posible? ¿Das crédito á los rumores que han corrido?

—No—repuso lacónicamente Gloria.

—¿Crees tú que abrace nuestra santa fe?... ¡Oh! si así sucediera, yo, viendo en esto los designios de Dios, sería la primera que te diría: «Cásate; tu deber es casarte. El Señor lo manda.» Tu amor quedaría legitimado por el glorioso hecho de traer al rebaño una oveja, que no por venir tan tarde sería mal recibida... En tal caso, no podrías aspirar á la perfección cristiana, que consiste en la negación de todos los afectos humanos, pero podrías acercarte mucho á ella por otros caminos... No hay que pensar en este medio, hija mía. Tú misma has dicho que no tienes esperanza.

—Es verdad—murmuró la joven.—Ninguna tengo.

—Pues debes tenerla.

Gloria alzó vivamente los ojos, fijándolos en su tía con gran curiosidad.

—Debes tenerla—repitió la señora con aplomo.

—¿De qué?

—No de casarte, no—dijo Serafinita sintiendo en su alma la inspiración apostólica más viva que nunca,—no de casarte, sino de traer á ese infiel á nuestra santa fe.