—¿Cómo?
—Por medio de la oración, unida al sacrificio.
—No entiendo bien, tía—repuso Gloria poniendo sumo interés en aquel asunto.
—Por medio de la oración—repitió la dama con entusiasmo,—y mejor aún por medio del sacrificio. ¿Acaso esto necesita explicarse?
—Me parece que lo voy entendiendo.
—Si haces á Dios el inmenso, el doloroso sacrificio que te he propuesto como el mejor camino para salvar tu alma; si haces el sacrificio de consagrarle por entero toda, absolutamente toda tu vida, arrancándote del mundo y de los mundanos afectos; si haces esto, amor mío, y pides á Dios que te conceda la redención de un alma, ciega hasta ahora á la verdadera luz, ¿cómo es posible que Dios te lo niegue?
—¡Oh, Jesús mío!... ¡si eso fuera verdad...!—exclamó Gloria deshaciéndose en lágrimas.—Y parece que ha de ser verdad, que ha de poder suceder como usted lo dice...
En el semblante de Serafinita brillaba un destello de alegría infinita, el júbilo del triunfo evangélico.
—¡Ay—exclamó oprimiendo su pecho,—yo tengo una convicción profunda...! Mi corazón se abre como un abismo lleno de voces, y á gritos clama que ese hombre será salvo por tu mediación.