—¡Señora—dijo Gloria exaltándose como su tía,—yo he orado tanto, tanto, que tal vez...!

—No, desgraciada, no basta la oración. Es necesario el sacrificio, es necesario que llegues, y ante esos piés taladrados por el clavo pongas tu corazón dolorido, tu vida, tu voluntad, tus acciones, tu porvenir, tu universo mundo, tu carne y tu espíritu, diciendo: «Señor, tómalo todo, toma todo lo que recibí de tí. No quiero ya nada que no seas tú, tú solo, ni más amor que el tuyo por entero. Abrásame en tu fuego y hazme temblar noche y día con las dulces ansias de amarte incesantemente, contemplándote, oyéndote en mi interior, magnificándome con tu gloria, padeciendo con tu pasión. Este resto de existencia que conservo mientras no me lleves á tu lado, sólo será para tener voz con que nombrarte á todas horas, labios con que besar tu santa imagen, y si das á mi cuerpo el santo tormento de que me duelan tus heridas, mayor gozo tendrá mi alma. Perezcan los ojos de mi cuerpo, que de nada me sirven, y así te verán mejor los del alma. Perezca mi belleza, que no por ella te he de agradar, sino por la pureza y la violencia de mi amor. Soy toda tuya, Señor, y aun así no creo ofrecer bastante al que murió por redimirme del pecado.»

Doña Serafina se había levantado, y con su majestuoso ademán daba más energía y realce á su admirable elocuencia.

—Lo que usted dice—manifestó Gloria,—resuena en mi corazón como un eco del cielo.

—Dios aceptará tu sacrificio y lo premiará—añadió la mística.—La inagotable bondad del Amado se te revelará bien pronto. Oirás su voz en tu interior; le verás allá en lo profundo y en lo más negro de tu mirar, cuando cierres los ojos en la dulce oración. ¿Cómo no ha de concederte lo que le pides, si le pides un nuevo triunfo para su Iglesia? ¿Qué premio más digno puede ambicionar un alma consagrada á Dios? «Señor, le dirás, trae á tu seno á un sér que me fué querido y que tiene la desgracia de carecer de la verdadera luz.»

—El Señor me oirá—dijo Gloria cruzando las manos.—Tía, querida tía, mi alma se llena repentinamente de fe; en mí ha entrado una luz prodigiosa; siento como una gran lluvia... Soy otra... Suena dentro de mí una voz como el trueno... Me parece que Dios me dice: Sí, sí, sí.

—Sí, sí, sí—repitió la predicadora con exaltación que rayaba en delirio.—Y se salvará, abominará de su execrable secta, y entrará en el Paraíso.

La piadosa señora, que había estado tantos meses predicando á su sobrina las excelencias de la vida ascética, y había agotado todos los argumentos, todas las razones, todos los sofismas sin conseguir nada, lograba al fin su objeto: ¿cómo? tocando una fibra más sensible que todas las fibras del corazón de su sobrina, la fibra del amor humano. Al llegar allí, el espíritu rebelde gimió dolorosamente sucumbiendo; y lo que antes le pareció monstruoso é inútil, parecióle después bello, grande y sublimemente provechoso. Estremecida hasta lo más íntimo de su sér, sintió la bullidora expansión del amor, pidiendo su consecuencia natural, el sacrificio.

—Acepto, acepto...—declaró levantándose, ágil, inquieta, exaltada, cual si recibiera por milagro prodigiosas fuerzas.