Pero extendiendo después un brazo, llevándose la izquierda mano á los ojos, murmuró con súbito desaliento:

—¡Mi pobre hijo...!

—Dios, el Criador de todas las cosas—gritó Serafinita acudiendo velóz á agarrar á su víctima que se le escapaba,—miró á la tierra pervertida por el pecado, y enviando á ella á su Hijo en carne mortal, le vió padecer y morir como un hombre... ¡Y aquél era el Verbo, la razón universal, la justicia, la ley... el Hijo!... Lo que hizo Dios por redimir al género humano, que formó de barro, ¿no lo podrá hacer una miserable criatura por salvar á otra de las eternas llamas del infierno?... ¿y no sería capáz esta criatura de hacer un sacrificio tanto más aceptable cuanto más noble es el afecto sacrificado? ¡Dios infinito, inmenso, más grande que todo lo grandísimo, ve morir á su Hijo!... y tú... ¿Acaso le pierdes? ¿acaso le matan?

—Madre querida—dijo Gloria contestando á las caricias de su tía con otras no menos ardientes,—soy de usted: no vacilo más. Ya no tengo voluntad. Venga la cruz, pronto, pronto. Mi espíritu la acepta... ¡Oh, qué idea! ¡qué sublime idea!

Cayó sin aliento en la silla.

Serafinita permaneció en pié diciendo:

—Partamos esta misma tarde. No debe perderse tiempo.

Sin duda temía volubilidades y arrepentimientos.

—Esta misma tarde—repitió Gloria, pálida, sin aliento, transfigurada, como si tuviera ya marcada la hora para salir de este mundo.

—Nos prepararemos en un instante; arreglaremos todo para ir á tomar el tren en Villamojada.