—Saldremos sin que lo sepa mi tío.
—Eso no: se lo diremos. ¿A qué ese engaño indigno de nosotras?... Es preciso preparar todo—dijo la señora con febril impaciencia.—Es verdad que no necesitamos gran cosa.
—Es verdad... Yo...
Gloria no pudo seguir la frase, porque se sintieron pasos. Abrióse la puerta y apareció D. Buenaventura.
XXII
Esperanza de salvación.
—Vengo—dijo el buen caballero algo turbado,—á anunciarte una visita, y no podrás ahora negarte á recibirla, porque se trata de una cosa muy importante, muy grave, muy lisonjera. En resumidas cuentas: ahí está y va á subir á verte, porque lo mando yo... Es cuestión de vida ó muerte.
Gloria no contestó una sola palabra; tan confundida y absorta estaba. Doña Serafina iba á decir algo, pero no pudo porque su hermano se retiró con presteza. No tuvieron tiempo de hacer comentarios sobre aquella visita y el misterioso anuncio, porque al poco rato regresó D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton, vestido completamente de negro, la faz hermosa y tétrica. Parecía recién salido de una enfermedad grave, ó que en una noche había vivido diez años. Gloria, al verle, sintió profundo desconcierto en todo su sér y se quedó como muerta. Turbóse de tal modo su espíritu, que creía soñar ó ser presa de un delirio, cuando oyó á su tío pronunciar estas palabras:
—Querida Gloria, querida hermana, tengo el más vivo placer al anunciar á entrambas que nuestra santa religión ha hecho hoy una gran conquista. El Sr. Morton, que está presente, abraza el catolicismo.