El efecto de estas palabras fué tremendo, como la voz de Jehová en las alturas. Gloria y su tía eran dos estátuas.
—Lo que mi ilustre amigo dice—manifestó Daniel,—es verdad. Al tomar esta resolución he creído deber anunciarlo á quien puede vanagloriarse de ser el ángel de mi conversión.
Nada hay más glorioso ni más digno de regocijo para el cristiano que la entrada de un infiel en el reino de Cristo; y sin embargo de esto, Serafinita, que era, como hemos visto, una especie de candidato á la perfección cristiana, experimentó en el primer momento, después de oída la plausible nueva, una contrariedad vivísima. Esta contrariedad, justo es decirlo, pasó como un relámpago, porque la rectitud, que moraba en el espíritu de la buena señora ocupando todo el lugar que le permitía la exaltación mística, estableció el dominio del Verbo, de la razón universal, ó sea de la luz verdadera que alumbra á todo hombre que viene á este mundo, según el Evangelista. Pero aun rindiendo culto á la razón externa, siempre quedó en el espíritu de la señora algo que no era el júbilo de la Iglesia triunfante. Podremos expresar, aunque pálidamente, el estado de su alma, diciendo que se resignó á alegrarse por la salvación del judío. Este sentimiento extraño tomaba la forma de lástima de su sobrina, por la desviación que iba á sufrir una preciosa vida llamada ya á las deliciosas esferas de la perfección.
—Querida hija—dijo D. Buenaventura, acariciando á Gloria;—al fin Dios ha oído tus oraciones y vas á recobrar tu dicha, tu paz, tu dignidad, por el procedimiento más plausible que puede imaginarse. Estás de enhorabuena y tu familia también.
—No quiero—dijo Morton dirigiéndose á Gloria,—que nadie se envanezca de esta resolución mía, sino tú sola.
—Yo más querría—repuso ella animándose,—que tan hermosa acción se debiera antes á la santidad de la doctrina de Jesucristo que á mí.
Serafinita se apresuró á tomar la palabra, diciendo:
—Nosotros no dudamos que esa frase sublime Soy cristiano, haya sido dicha con lealtad; no creemos que puedan los labios pronunciar el dulce nombre de Cristo mientras lo niega el corazón; pero este caballero no extrañará que exijamos alguna garantía. Para entrar en nuestra Iglesia es preciso recibir la instrucción cristiana y el agua del bautismo.
—Sé lo que me corresponde hacer—dijo Morton gravemente,—y á todo estoy dispuesto.
—Tan grande, tan inesperado, tan sorprendente es este suceso—dijo Gloria con emoción,—que necesito esforzarme mucho para creerlo... ¡Tú adorar á Jesucristo!... Vuelve los ojos á esa cruz y júrame por la imagen crucificada que es verdad lo que me dices, que lo haces con el firme propósito de ser cristiano y no por móviles que no son religiosos, que persistirás en tu designio, y que crees firmemente que la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo es no sólo la mejor sino la única verdadera.