Blanco como el marfil de aquella hermosa imagen que tanto en el rostro se le parecía, estaba Daniel, cuando extendió la mano hacia la cruz, y con los ojos bajos habló así:

—Lo que dije, dicho está. Por ese... te juro que es verdadero el propósito que he formado.

Más parecía reo convicto á quien el delito se le sale de la conciencia á los labios, que entusiasta neófito proclamando un Dios nuevo.

En el mismo instante de pronunciar su juramento, oyóse un sonido áspero, estridente, desagradable, que de los aires venía. No era tañido de campana, ni rumor de ruedas, ni rechinar de goznes, sino un horrible choque de tablas con piedras, retumbando en hueco. Parecía que andaba por el cielo una legión de séres extraños calzados de almadreñas y bailando sobre guijarros.

—Ya tocan la carraca—dijo D. Buenaventura.—Sale la procesión... En cuanto á los trámites que ha de seguir este acontecimiento, mi hermano Angel los decidirá. ¿No crees tú lo mismo, Serafina? Ayer recibí una carta de Angel en que me decía que si hubiera conversión, él arreglaría todo de modo que en tres días quedase el bautismo celebrado y mi sobrina casada en paz y gracia de Dios. La extrañeza del caso es motivo para abreviar ciertas prácticas, y cuando mi hermano lo cree así, es porque la Iglesia lo permite. Por ahora—añadió dirigiéndose á Gloria,—creo que debemos fiar en su palabra.

—Fiaremos, sí—repuso Gloria mirando al extranjero con amor;—pero es tanto lo que esta idea me cautiva, es tanto el júbilo que siento, no por mi reparación sino por tu conversión, que quiero oirte decir: «Creo en Dios uno y trino, creo en Jesucristo.» Es este un gozo que me hace llorar. Es la compensación de todo lo que he padecido, la prueba visible é innegable de que mi Dios no me ha abandonado, y la promesa del Paraíso... Adora esa cruz, besa esa imagen, representación del que tus ascendientes injuriaron, escupieron, abofetearon y crucificaron, y con una palabra, una voz sola, breve si quieres, pero salida del corazón, pruébame que en tu alma generosa, á la cual no faltaba más que la luz, ha entrado ya esa luz; pruébame, no que abrazas el cristianismo, sino que te sientes cristiano.

Brillaba en los hermosos ojos de Gloria la inspiración divina. Sus palabras, como salidas de un corazón lleno de verdad, no podían oirse sin entusiasmo y devoción. El que ya no debemos llamar hebreo se levantó de su asiento. Estaba su rostro cadavérico, y sus manos temblablan como las del enfermo calenturiento.

—Creo en tu Dios, en el único Dios—exclamó con voz de delincuente,—en...

No pudo decir más. Su brazo cayó como si perdiera la vida, é inclinando la cabeza exhaló un suspiro semejante á aquel inmortal suspiro del Cristo, tan bien expresado en el momento de la agonía por el artístico marfil que estaba sobre la mesa.

—Perdóname, amor y salvación mía—balbució Morton,—perdónenme todos; pero no estoy suficientemente instruído aún en los dogmas cristianos, y temo decir algo que sea resabio del culto que abandono.