Gloria rogó al catecúmeno que se sentase. Le causaba terror su palidéz, su consternación y sobresalto; pero esto tenía explicación satisfactoria por la singularidad de aquel acto, y el trastorno que la presencia de la mujer amada debía producir en el alma del extranjero.
Venía de la plaza de Lantigua un rumor de gente y de religiosos cánticos. Pasaba la procesión de Jueves Santo, y Serafinita corriendo al balcón se arrodilló. Todos la imitaron. Gloria y Daniel estaban juntos á la derecha de la señora, D. Buenaventura á la izquierda.
Tras cuatro guardias civiles que iban despejando, pasó el negro pendón enarbolado por un hombre, pasó la cruz negra, acompañada de los dos ciriales, siguió el primero de los pasos que era la Oración en el Huerto; y los que conducían cruz, pendón, cirios é imagen, se quedaron mirando al balcón de Lantigua, donde había una cosa extraordinaria, inaudita, el judío de rodillas, mirando la procesión.
A la derecha se veía el alambre telegráfico lleno de pájaros en fila, con tanto comedimiento y gravedad atentos á la comitiva, que parecían tocados de la más pura devoción.
Oíanse allá lejos los acordes de fúnebre marcha, tañida por los implacables trombones y cornetines de la banda del pueblo, y la larga masa de gente avanzaba despacio por la calle principal. De las descubiertas cabezas sobresalían los ramos de oliva del primer paso, el flotante vestido de terciopelo bordado de oro, los feroces judíos azotadores, y más atrás una señora vestida de negro, y un palio negro también.
Pasó la primera imagen, pasaron dos filas de individuos que componían la cofradía más numerosa de Ficóbriga, todos con vela en la mano, y ni uno solo dejó de apartar su vista y su mente de los lastimosos cuadros de la Pasión para fijarlas en la casa de Lantigua.
Antes de que acabase la larga fila de los cofrades, vino el grupo de los azotes, y hasta los feroces judíos de sañudo aspecto parecía que se quedaban mirando al balcón de Lantigua, suspendiendo sus impíos golpes. Gran número de mujeres rodeaban aquel grupo, encapotadas con negros mantos las unas, otras con humildes pañuelos, señoras y aldeanas, amas y criadas, niñas y viejas, todas con los ojos encendidos de llorar; pero al llegar á la plaza ni una sola dejó de encontrar más interesante que todos los pasos el balcón de Lantigua, y un rumor de comentarios y una oleada de cuchicheos corrió por la superficie de aquel mar de gente.
Tras el segundo paso iban los penitentes, hombres que habían venido de los pueblos inmediatos á visitar el monumento y á expiar sus culpas mediante el transporte de una grande y pesada cruz. Iban con el santo leño á cuestas, y vestían la tradicional hopa negra con capuchón calado, sin ningún resquicio por donde se violase el incógnito, ni más ventilación que los dos agujeros por donde daban luz á sus ojos. También ellos, á pesar de hallarse acongojados por la memoria de las faltas que expiaban á costa de sus fuerzas físicas, miraron por sus espantables claraboyas al balcón de Lantigua.
Venía después el Crucificado y por fin la Dolorosa, y alrededor de ella estaba lo más notable del pueblo. Los señores alcurniados llevaban las varas del palio, que iba detrás, como de respeto; seguía el clero, y por último el Ayuntamiento con la banda de música y la media compañía de carabineros. Marineros y señores, los del palio y los que cargaban la imagen, clérigos y monaguillos, Sildo con el incensario y Caifás con el piporro, cantores y alguaciles, el soplado alcalde D. Juan y el jefe de los carabineros, los chicos que agitaban en la inquieta mano las carracas, todo lo viviente en fin miraba al balcón de Lantigua. El cura dijo algunas palabras por lo bajo al padre Poquito, y Amarillo frunció el ceño, como enojado de que un gran suceso excitara la curiosidad sin su permiso.