¿Quiénes eran? Esto preguntaban todos los que al pasar las vieron, y en largo trecho no se habló de otra cosa que de las dos damas que exornaban con su belleza el carruaje cardenalicio. D. Juan Amarillo lanzó sobre ellas un rayo de autoridad en forma de mirada altanera, indagadora, terrible; pero las dos señoras, que sin duda no estaban hechas á miradas de alcalde, soltaron la risa. D. Juan, llamando al alguacil, fulminó al punto una orden, diciéndole corriese á ver qué casta de pájaros eran aquellos y por qué estaban allí, y por qué miraban la procesión, y por qué llevaban sombrero, y por qué reían, y en fin, por qué respiraban sin permiso del Ayuntamiento.
A la casa de Lantigua llegó el rumor de los vivas y aclamaciones con que era recibido el cardenal; y pasado el bullicio procesionil y despejada la plazuela, D. Buenaventura salió al encuentro de su hermano, á quien dió estrechísimos abrazos.
—Por un milagro de Dios me tienes vivo—dijo D. Angel sonriendo.—Si aún me asombro de tener brazos y piernas... ¡Ay! hijo, creí que no me había quedado hueso sano.
—¿Ha volcado tu coche?
—En la peligrosísima cuesta de San Lucas. Figúrate qué paso tan malo. No fuímos al río porque Dios nos reserva para dar que hacer un poco todavía. El coche quedó inútil... dos ruedas menos, una ballesta rota. Por fortuna nuestra, esta señora...
El arzobispo señaló á las dos señoras que no lejos de él estaban, mientras D. Buenaventura se apresuraba á saludarlas con hidalga cortesanía.
—Esta buena señora—continuó Su Eminencia,—esta buena alma que á la sazón pasaba, tuvo la bondad de ofrecerme su coche, y yo abusé de su finura aceptándolo. Dios se lo pague... ¿Y qué novedad hay por casa, querido hermano?
El alguacil, no atreviéndose á meterse con las señoras desde que las vió tan mano á mano con los Lantiguas, se ocupó en apartar á los chicos que rodeaban al cardenal besuqueándole la mano y estorbándole el paso.
—Gran novedad en casa—dijo D. Buenaventura.
—¿Hay algún enfermo?