—No: todos buenos. Gloria un poco delicada, bastante delicada; pero es seguro que ahora se repondrá en breve tiempo. Así lo ha dicho el médico.

—Señora—dijo Su Eminencia á la viajera,—ruego á usted que si se detiene en Ficóbriga, acepte un humilde hospedaje en mi casa.

—Gracias—repuso con afabilidad graciosa la dama,—muchas gracias, señor cardenal.

—Pues no quiero que ignores más tiempo este fausto suceso—dijo D. Buenaventura.—Sabrás que Daniel Morton se nos convierte al catolicismo.

Don Angel abría su venerable boca para lanzar exclamaciones de sorpresa ó de júbilo, cuando la señora desconocida dió un paso hacia ellos diciendo:

—Caballeros, si no temiera molestar...

—Señora...

Ambos hermanos sonreían con afabilidad.

—Caballero—dijo después de una pausa la desconocida dama,—ruego á usted que se digne indicarme el alojamiento de mi hijo.