—¿Y quién es su hijo de usted, señora?
—Ese que usted acaba de nombrar.
—Daniel... Precisamente le dejé en nuestra casa. Si usted gusta...
—Gracias—repuso la dama secamente.—Dígnese usted señalarme la casa donde habita mi hijo.
El señor arzobispo, poniendo el semblante más serio del mundo, hizo á la extranjera una cortés reverencia, y acompañado de Sedeño y seguido del inocente enjambre de chiquillos, marchó cojeando hacia la casa de Lantigua, mientras D. Buenaventura, brindándose á acompañar á las señoras, las guiaba por las calles de Ficóbriga.
XXIV
Las leñadoras de Ficóbriga.
Cuando Isidorita la del Rebenque vió entrar á aquella señora tan apersonada, tan guapa, tan seria, con tan peregrina elegancia vestida; cuando vió que era seguida de otra mujer menos hermosa, que no parecía ama, pero tampoco criada; cuando vió que tras el coche ocupado por ellas vino un segundo vehículo con equipajes, y que todo esto, mujeres y baules, se aposentaba en su casa, divisó un dorado horizonte de libras esterlinas; y no pudiendo resistir el gozo que de su espíritu se amparaba por aquella razón, mandó llamar á sus amigas para contarles lo que ocurría, y rogarles le prestasen alguna loza y ajuar de camas.
El resto de la tarde del jueves lo pasó disponiendo el alojamiento de las dos señoras, á quienes trató con la más delicada complacencia, multiplicándose para servirlas, ponderándoles las excelentes vistas de la casa (de cuyos balcones se dominaba media Abadía, parte del cementerio y el palo de la bandera del Consistorio), preguntándoles lo que deseaban; confinando á sus chicos á lo más remoto de la casa para que no hiciesen ruído; amenazando con un palo á su esposo para que no osase importunar á las forasteras con sus sandeces; disponiendo comida, transportando muebles...