Al anochecer entró Teresita la Monja, apresurada, jadeante, sin perder por esto el brillo metálico de su faz, y al poco rato vióse llegar el abultado pecho, viéronse las morenas facciones de la Gobernadora de las armas, sudorosa y fatigada por haber seguido á la procesión en todo su trayecto.

—Esta noche no voy á las Lamentaciones—dijo Teresita quitándose el manto.—No me muevo de aquí hasta ver en qué pára esto.

—Es la madre del judío—dijo la Gobernadora.—Esa voz se ha corrido por el pueblo. No se habla de otra cosa. Dicen que viene también á convertirse.

Estaban en el comedor de la casa, y habían mandado á los chicos y al padre á las Lamentaciones para que no alborotasen.

—¿Pero esos Lantiguas, esos Lantiguas en qué están pensando?—dijo Teresita.—No quiero acordarme del escándalo de esta tarde.

—Yo me quedé muerta al verles juntos en el balcón—manifestó la Gobernadora.—Aunque una ha oído decir que se convierte...

—¡Convertirse!—exclamó Teresita en tono de rencor.—¡Qué tontas sois! ¿Creéis tal cosa? Yo no. Por Juan sé que eso de la conversión es una farsa de Venturita. Pues no faltaba más... Eso querría la mimosa, la tonta de encargo, para casarse y recobrar su honor... ¡Oh! no; cuando se han cometido ciertas faltas, es fuerza pagarlas. Si los malos fueran recompensados, ¡qué detestable ejemplo para los buenos! Nadie querría ser bueno, ¿verdad?

—¿Y ha llegado el cardenal?

—Ha llegado junto con la judía... ¡qué cosas se ven! Estos Lantiguas... Parece que se rompió por la mitad el coche de Su Eminencia... Yo digo que aquí va á pasar algo tremendo. Tú, Isidorilla, es la que vas ganando, porque entran libras esterlinas que es una bendición de Dios. ¡Ay, Jesús, que blasfemia he dicho!... El dinero de esa gente...

—Es como el de todo el mundo—dijo Isidorita en defensa de su amor propio.—No hables mal de la judía, porque es una señora muy fina, muy guapa, muy decente. ¡Si vieras qué equipajes!...