—La veremos—dijo Teresita arreglándose el manto, pasándose la mano por la cara, poniendo orden en sus cabellos con febril presteza.—La religión no nos manda que seamos groseros... Vamos corriendito... Vamos... ¡Ya se ve! Es una señora principal, que gusta de hacerse buenas relaciones en todas partes.

La cara de Teresita brillaba más entonces. Aquel lustre metálico era el síntoma de las agitaciones de su alma, lo mismo que el aumento de palidéz, y un cierto temblor en sus párpados, que se abrían y cerraban semejando las llaves de un figle.

Corrieron á la sala. La Gobernadora y la Monja hicieron á madama Esther (así se la llamó en Ficóbriga desde aquel día) saludos muy reverenciosos. Hallábanse ambas bastante cohibidas y no podían expresarse con desembarazo. La madre de Daniel les dió la mano, sonriendo con exquisita afabilidad, y las tres se sentaron.

—Pido á ustedes mil perdones por esta molestia—dijo Esther.—Soy forastera y siempre que visito una población, procuro relacionarme con las personas más principales de ella, para ofrecerles mis respetos. En ninguna parte ha sido estorbo para esto la diferencia de religión, y espero que aquí no lo será tampoco.

—¡Oh! no señora, de ningún modo. Las creencias son una cosa y la cortesía otra—repuso Teresita recobrando su serenidad y su labia.

La Gobernadora movió la cabeza en señal de asentimiento.

—Al oir á nuestra amiga, la buena Isidorita, que usted era la señora del alcalde, recordé lo que me había dicho poco antes mi hijo... Está muy agradecido á su esposo de usted...

—¡Ah! señora. Mi Juan, al proporcionarle alojamiento—repuso Teresita, haciendo los mayores esfuerzos para aparecer muy fina y dulcificar mucho sus palabras,—no hizo más que cumplir con los deberes de su elevado cargo.

—Yo le agradezco mucho su solicitud—añadió Esther,—y quiero darle las gracias personalmente.

—El vendrá...