—Nada más por ahora. No quiero entretener á usted, que tendrá quehaceres.

—¡Oh! no señora. No hacía nada. Estaba hablando con mis amigas.

Esther sintió gran curiosidad, y de buena gana habría preguntado: «¿Qué amigas son esas?» Felizmente, Isidorita, que entonces como siempre tenía ganas de hablar más de la cuenta, haciendo alarde de sus buenas relaciones, dijo:

—Mis amigas... mi cuñada Teresa, esposa del alcalde de Ficóbriga y persona de elevadísima posición, y la señora del Gobernador de las armas.

—¡Ah—dijo Esther con viveza,—la señora del alcalde!... Mi hijo me ha dicho que al señor alcalde de Ficóbriga debe este alojamiento donde se halla tan bien tratado.

—Gracias, señora...

—Deseo conocer al señor alcalde y á su esposa—añadió Esther.

—Teresa tendrá mucho gusto en ello, señora. Voy á avisarle.

Esther pasó á la sala que cerca estaba, mientras Isidorita corría desalada á avisar á sus amigas y especialmente á Teresita.

—No te importe que no sea cristiana—le dijo hablando con celeridad suma.—Es una señora muy simpática y muy afable... ¡Ya se ve! Llega á esta población, y le gusta tratar con lo mejor. Desde que supo que eras alcaldesa, deseó conocerte... ¡Es natural!... Los extranjeros son muy respetuosos con la autoridad... Puede que haya oído hablar de tí, mujer...