—No hay duda de que es un escándalo.
—Si se casa con el convertido, ¿apostamos á que sigue viviendo en Ficóbriga?
—No lo quiero pensar... Pues qué, ¿no hay más que rehabilitarse?... Esta villa se escandalizará y con razón. Pues no faltaba más. La joya ha tenido un niño. Eso bien lo sabemos todas...
—¿Y dónde está?
—En una aldea. Yo lo he de averiguar. Ya lo tengo medio averiguado. Vaya, que los Lantiguas saben ocultar muy bien sus secretos, es decir, cuando son vergonzosos, porque si se trata de alguna limosna, ya la cacarean bien. Hasta los periódicos de Madrid han de traer un parrafito. Ya sabemos que D. Silvestre es el que manda á los papeles de la Corte esas recetas. No sé por qué no puso: «En la noche del tantos de tal mes la señorita doña Gloria de Lantigua, alias la perla de Ficóbriga, sobrina del Eminentísimo señor Cardenal, dió á luz un niño robusto, aunque sietemesino, hijo de padre desconocido, aunque se supone que será de un judío á quien escupió el mar en Ficóbriga, y fué aposentado en casa de Lantigua para edificación de los cristianos.»
Las dos amigas soltaron la risa.
Siguieron hablando. Sus lenguas eran tres hachas y ellas tres implacables leñadoras. Hallábanse en lo más sabroso de su sabrosísimo chismear, cuando entró Sansón á decir al ama de la casa que la señora de Morton quería hablarle. Partió con oficiosa diligencia Isidorita después de quitarse el delantal de cocina para presentarse decentemente, y halló á la madre, al hijo y á la señorita de compañía sentados alrededor de una mesa en que había periódicos ingleses. La actitud de Daniel era tranquila, si bien conservaba en su fisonomía huellas de profundísimo dolor y tristeza. En cambio, la madre parecía completamente felíz por la presencia de su hijo, y le observaba con interés y amor. La señorita de compañía no decía nada, ni en la casa de la del Rebenque quedó memoria de su metal de voz. Era una figura decorativa que, por lo delicada y vaporosa, hacía contraste con la ruda corpulencia de Sansón.
Isidorita llegó sonriente y deshaciéndose en cumplidos ante la persona majestuosa de Esther, que así se llamaba la madre de nuestro héroe. Esta le rogó amablemente que se sentase (á lo cual no quiso acceder la patrona) y después le dió algunas órdenes relativas á lo que deseaban tomar aquella noche.
—Otro favor espero de usted—añadió con bondad.—Mi hijo está malo. No quiero dejarle solo esta noche. Si usted dispone que me pongan mi cama en este cuarto, se lo agradeceré.
—Con mil amores, señora. Pues no faltaba más. En cuanto venga Bartolomé traeremos la cama... porque es algo pesada. Como que es toda de hierro, inglesa, sí señora, inglesa. ¿Qué más?