—¡También, también!—gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y apoyando en un cojín su frente abrasada.—Te he dicho lo primero que ha brotado de mi corazón de madre, de este corazón antes abrasado en amor por tí, y que yo con mis propias manos apretaré y estrujaré para ahogar la llama... porque no... no puede ser, no puedo amarte ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido. Adiós, vete; no existes ya para mí.
Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia ella, y poniéndose de rodillas la besó, tratando de levantar su cabeza.
—Madre, madre—murmuró.—Ni de tus labios, incapaces de mentir, puedo creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, á quien siempre he creído.
—Daniel, hijo mío—dijo la madre incorporándose,—yo no puedo soportar este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la tuya, esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la puedo resistir. Quiero morir antes que caigas, quiero morir. Dame tú mismo la muerte, te lo suplico, perdonándote. El crimen que cometas arrancándome la vida no será tan grande como el de tu apostasía.
—Estás delirando, madre querida—dijo Daniel haciendo fuerza con la cabeza en el seno de su madre.—Tú sí que me matas á mí con tus palabras, con tus fieras amenazas de no quererme.
—¡Ay, hijo de mi corazón!—exclamó Esther en un arrebato de ardiente cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable cabeza del joven.—Hemos cometido una falta al quererte á tí más que á nuestros demás hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no me puedo resignar al castigo, no me puedo resignar á perderte, no quiero; defiendo mi tesoro contra todos los Dioses extraños, contra todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor, Dios de Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida á mi hijo y á mí también, porque no puedo vivir sin él.
Daniel se sentó á los piés de Esther, apoyando sus brazos en las rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con amor, le dijo:
—Madre, madre, óyeme lo que voy á decirte.
—¿Qué?